Las emociones regulan nuestra relación con el entorno. Paradójicamente, existe un gran desconocimiento acerca de ellas. No nos educan para identificarlas y reconocerlas en nosotros mismos. Tampoco tenemos claridad sobre sus funciones y su sentido de existencia, juzgando habitualmente a unas como «positivas» y a otras como «negativas». Por eso a menudo, las tememos o las reprimimos, siendo así, incluso inaccesibles a la conciencia.
Durante el proceso terapéutico, y paralelo al trabajo de despertar la conciencia somática, aprendemos a conocerlas, identificarlas en nuestro cuerpo y a saber interpretar los mensajes que nos ofrecen. Aprenderemos a valorar a todas por igual y a no temerlas. Incluso podríamos, entre otros, disfrutar de vivenciar la energía de fuego que nos aporta la rabia o gozar con la instrospección que nos brinda la llegada de la tristeza.
¿Te has fijado con qué facilidad pasan los niños de una emoción a otra? Ellos no se quedan enganchados con ninguna, ni las temen ni las rechazan hasta que los adultos comienzan a «educarlos» en base a sus creeencias. Esa espontaneidad natural y esa capacidad de transitar las emociones es innata. Así que podemos reeducar y reconstruir nuestro mundo emocional desde una pedagogía emocional que las acoja, comprenda y gestione de forma eficiente.
La acción, la emoción y el pensamiento forman parte de un sistema cuya información se retroalimenta, por eso es tan importante que nuestros tres centros (instintivo, emocional y cognitivo) se encuentren equilibrados y conectados.